Mel Kadel, Drip Drip

21.10.11

carne


Imagen: A Agrela

Existen gritos intelectuales, gritos que provienen de la sutileza de las médulas. Eso es lo que yo llamo la Carne. Yo no separo mi pensamiento de mi vida. En cada una de las vibraciones de mi lengua vuelvo a hacer todos los caminos del pensamiento en mi carne.

Antonin Artaud, Posición de la carne

18.10.11

epidermis



El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo.

Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso

8.9.11

lección de anatomía


Imagen: A Agrela

Quiero tu piel, tus labios, los pájaros huyentes de tus músculos contráctiles, el pez volador de tu gemelo interno, tu sangre envuelta, la finísima arena que cubre tus glúteos mayores. Quiero tu calor pero no tu sangre; olvidar la sangre en la suavísima membrana de tu cutis; sentir el arado polisurco de tu vello.
Dar por no nacidas la vena poplítea, la arteria peronea, la red venosa del antebrazo, la femoral, la safena.


Max Aub, Campo de sangre

27.8.11

fenomenología urbana



Esta ciudad está habitada por fantasmas. Cuando recorro sus calles los encuentro intentando disimular su transparencia a cada paso. Unos caminan deprisa, cabizbajos con el periódico bajo el brazo, otros esperan silenciosos un autobús que nunca llegará, aquel en el quiosco de la esquina vende prensa extranjera. A ése le asesinaron una noche de invierno.
En los barrios muchas casas antiguas tienen puertas y ventanas que nunca se abren porque son ficticias. En el bulevar sólo algunos árboles me reconocen. Hay dos viejas acacias que recuerdan aquel extraño día.
Cuando al atardecer camino por sus aceras, todo el dolor del mundo se me agolpa, siento nostalgia del paraíso, de algún libro olvidado, de la voz que me llama.
Pero, esa noche de insomnio, después de haber deambulado por esas calles vacías, en esa hora en que bandadas de gorriones alzan el vuelo, esa hora en que los maniquíes nos miran desde los escaparates iluminados, acabo de descubrir que en la ciudad yo también soy un fantasma.

11.8.11

66 death airlines


Imagen: Z. Beksinski

¿Quién llora aún?

Llamaba
desde el fondo de la piedra arrasada
la muerte,
desde el fondo sediento de las aguas
la muerte,
desde el fondo anegado de las voces
la muerte,
desde el fondo sin fondo de la muerte
la muerte, blanca
como el cuerpo infinito de una niña extendida
desde el orto al ocaso.

Abrieron los cuchillos
la entraña de los pájaros
profetizando hacia el pasado ciegos.


Barría el humo las palabras perdidas:
sangre, abominación, especie, noche.


Ven ahora, la muerte, cúbrenos
con tu respiración y tu silencio
para que no sigamos
muriendo más como muertos sin término.

Dijiste,
y una voz te llegó
desde la sombra.
No la pudiste oír.
y aún llegó otra voz desde la sombra.

No la pudiste oír.
Y la tercera voz llegó
desde la muerte:

-Vive.

Lenta,
pronunciada, la voz, la muerte
quiso en ella vivir, vivirse,
negar la bastardía de esta muerte.


Y ahora que incesante
tanta memoria baja en la ceniza,
cúbrete tú de su ceniza,
de la que tú naciste.


¿Nacer de qué?
¿Morir de tanta muerte?


Nocturno viene el día contra las abiertas
entrañas de la noche.

Despertar.

¿A qué? Morir. ¿A qué?

¿Nacer al reino
de la calcinación?

Cuerpo del hombre
más alto que los cielos
¿qué hiciste de ti mismo?

J. A. Valente, Hibakusha


(*En el 66 aniversario de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki)

15.7.11

esa tricefalia


Imagen: A. Ito

Un poeta debe ser más útil
que ningún ciudadano de su tribu.

Un poeta debe conocer
diversas leyes implacables.

La ley de la confrontación con lo visible,
el trazado de líneas divisorias,
la de colocación de un rompeaguas
y la sumaria ley del círculo.

Ignora en cambio el regicidio
como figura de delito
y otras palabras falsas de la historia.

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.

Su misión es díficil.

J A Valente, Noventa y nueve poemas

11.7.11

no habrá paz



Aunque el tiempo suave y despejado
sonríe de nuevo sobre el condado de tu estima
y sus colores regresan, la tormenta te ha cambiado:
no olvidarás, nunca,
la oscuridad que borra la esperanza, la tempestad
que profetiza tu perdición.

Debes vivir con tu conocimiento.
Muy atrás, más allá, fuera de tí hay otros
en ausencias sin luna, de los que nunca supiste,
quienes desde luego supieron de tí,
seres de género y número desdonocidos:
y no les gustas.

¿Qué les has hecho?
¿Nada? Nada no es una respuesta:
llegarás a creer -¿cómo vas a evitarlo?-
que se lo hiciste, que les hiciste algo;
te encontrarás deseando poder hacerles reír,
ansiarás su amistad.

No habrá paz.
Contrataca, pues, con todo el valor que tengas
y todos los amagos canallas que conozcas,
con la tranquilidad de conciencia de que
su causa, si la tuvieron, no les importa ahora en absoluto;
odian simplemente por odiar.

W. H. Auden, Canción de cuna y otros poemas
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